
Cuando tengo un encuentro con la naturaleza, siempre trato de detener el mundo un momento, o al menos imaginar que lo detengo. Si tengo la oportunidad de acercarme a alguna sima de una montaña, corro a por ello. Trato de percibir cada pequeño sonido, cada olor, cada tonalidad de verdes y colores, los contrastes y la extraña perfección con la que se forma este mundo, me siento tan diminuta. Este gran organismo que respira y nos mantiene vivos por más que apuñaleemos sus costados. El ser humano tan frágil y egocéntrico, nos creemos dueños de esta gran esfera a pesar de ser nada en lo absoluto proporcionalmente, aun sabiendo que cuando la madre naturaleza se enfurece, nos fusila sin remordimiento.